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Marguerite Duras- Escribir-




La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros. Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé. La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura. Mis libros salen de esta casa. Tambien de esta luz, del jardín. De esta luz reflejada del estanque. He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir.

Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir.
Nunca hablaba de eso a nadie. En aquel período de mi primera soledad ya había descubierto que lo que yo tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond era éste: Escribe, no hagas nada más.

Escribir: es lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. Lo he hecho. La escritura nunca me ha abandonado.
Hay experiencias a las que no se puede sobrevivir. Experiencias tras las cuales se siente que ya nada puede tener sentido. Después de haber conocido las fronteras de la vida, después de haber vivido con exasperación todo el potencial de esos peligrosos confines, los actos y los gestos cotidianos pierden totalmente su encanto, su seducción.
Si se continúa, sin embargo, viviendo, es únicamente gracias a la escritura, la cual alivia, objetivándola, esa tensión sin límites.
La creación es una preservación temporal de las garras de la muerte.




E. M Cioran
En las cimas de la desesperación

Juegos de inteligentes:

Los despejados juegan a las esquinitas y aprovechan la confusion general para quedarse con una esquinita.
Los teósofos juegan al gallo ciego y si abrazan el tronco de un arbol, dicen que es el talle de una joven, y si les sacan el pañuelo de los ojos, dicen que la joven se convirtió en arbol y si les muestran la joven, dicen que es la reencarnación, y si la joven dice que no, dicen que es falta de fe.
Los eruditos juegan a quien se acuerde mejor de estos juegos.
Domicilios espirituales:
El Dios de los católicos es un Dios que está en el aire.
El diablo está especialísimamente en los buenos.
Los santos están en sus tareas.
Los ángeles han volado demasiado alto.
Los escritores están casi siempre en sus escritorios.
Los cultos están en todas partes.
Los bohemios están en el mundo.
Los héroes están embalsamados.




Felisberto Hernández

El milagro de las hojas

No, nunca me suceden milagros. Oigo hablar, y a veces eso me basta como esperanza. Pero también me subleva: ¿por qué no a mi? ¿por qué sólo oir hablar? Pues ya llegué a oír conversaciones de este tipo, sobre milagros:"Me avisó que, al pronunciarse determinada palabra, un objeto querido se rompería". Mis objetos se rompen banalmente y en manos de las empleadas. Hasta me vi obligada a reconocer que soy de aquellos que cargan piedras durante siglos, y no de aquellos que tienen servidos los guijarros, pulidos y blancos. Sí tengo visiones fugitivas antes de adormecerme- ¿sería esto un milagro? Pero me explicaron muy parsimoniosamente que esto incluso tiene nombre: "eidetismo", capacidad de proyectar en el campo alucinatorio las imágenes inconscientes.
Milagro, no. Sino casualidades.Vivo de casualidades, vivo de líneas que inciden una en la otra y se cruzan y en el cruce forman un leve e instantáneo punto, tan leve e instantáneo que está más bien hecho de pudor y secreto: apenas empezara a hablar de él, me encontraría hablando de nada.
Pero tengo un milagro, sí. El milagro de las hojas. Camino por la calle y con el viento me cae una hoja exactamente en los cabellos. Esa peripecia en la serie de millones de hojas transformadas en una única, y de millones de personas, la peripecia de reducirse a mí. Esto me sucede tantas veces que he llegado a considerarme modestamente la elegida de las hojas. Con gestos furtivos me saco la hoja de los cabellos y la guardo en la cartera, como al más diminuto diamante. Hasta que un día, al abrir la cartera, encuentro entre los objetos la hoja seca, encogida, muerta. La tiro; no me interesa un fetiche muerto como recuerdo. También porque sé que nuevas hojas coincidirán conmigo.
Un día una hoja chocó con mis pestañas. Me pareció una gran delicadeza de parte de Dios.


Clarice Lispector.
Nota publicada en el journal do Brasil el 4/01/1969


Tal como se la veía en los espejos, mi imagen siempre andaba en brazos de mi alma. Yo no podía ser sino como soy, curvo y débil, aún en los pensamientos.
Todo en mí es como de un príncipe de cromo pegado en el álbum viejo de un niño muerto hace mucho.
Amarme es apiadarse de mí. Un día, allá por el fin del futuro, alguien escribirá sobre mí un poema, y tal vez sólo entonces empiece yo a reinar en mi Reino.

Dios es que existamos y que eso no sea todo.




Fernando Pessoa

Inscripto en los muros de una estafeta al norte de TA-Yû

En el décimo mes los patos salvajes
se dirigen hacia el sur
llegando su migración hasta cierto
punto; luego regresan.

Pero mis andanzas
jamás tienen término.
¿Cuándo será el día
que pueda regresar a mi hogar?

Ahora, la creciente descendió
y el río volvió a su cauce.
El bosque se sumerge en las brumosas
emanaciones de los pantanos.

Mañana temprano, cuando
desde lo alto del paso
dirija la mirada hacia mi hogar,
desearía ver los ciruelos en flor
a lo largo de las represas.

Sung Chih-Wen

Vida campesina junto al Río Wei

Oblicuamente ocúltase el sol
detrás de la aldea;
Los callejones han sido invadidos
por las vacas y las ovejas
que se dirigen al establo.

Un pastor regañón, apoyado
en su cayado, frente a la puerta
de su choza bardada,
aguarda la llegada de su hijo.

Los faisanes cacarean
en medio de los sembrados;
el gusano de seda dormita entre
las arrolladas hojas
de la morera.

Un campesino echa
el azadón al hombro
mientras charla al encontrarse
con unos amigos.

Este modo de vivir, exento
de toda extravagancia,
es digno de desear.

Envidio esta vida sencilla y,
melancólicamente me pongo
a tararear la canción
"De vuelta al hogar"

Wang Wei

Marcel Schwob

Catalina la encajera
muchacha apasionada


Nació hacia mediados del siglo quince en la calle de la Pergaminería, cerca de la calle San Jaobo, un invierno en que hizo tanto frío, que los lobos corrían a través de Paris sobre la nieve. Una vieja, de nariz roja bajo su caperuza, la recogió y la crió. Y lo primero que hizo fue jugar bajo los soportales con Pedrita, Guillermita, Isabelita y Juanilla, que llevaban pequeños faldelines y empapaban sus manitas enrojecidas en los arroyos por atrapar trozos de hielo. También miraban a los que trampeaban a los viandantes en el juego de tablas llamado Saint-Merry. Y bajo los toldillos acechaban las tripas en sus cubetas, y las largas salchichas bamboleantes, y los gruesos ganchos de hierro en que los carniceros colgaban los cuartos de reses. Cerca de San Benito el Bien Plantado, donde estaban las escribanías, oían rechinar las plumas, y por la noche soplaban las bujías, a través de las buhardas, en las narices de los tinterillos. En el puentecillo se mofaban de las vendedoras de arenques y rápidamente escapaban hacia la plaza Maubert, para esconderse en los recovecos de la calle de las Tres Puertas; luego, sentadas en el brocal de la fuente, alborotaban hasta la bruma de la noche.
Así trasncurrió la primera juventud de Catalina, antes de que la vieja le enseñara a sentarse ante una almhoadilla de encajes y a entrecruzar los hilos de todos los carretes. Más tarde trabajó en su oficio, pues Juanilla se había convertido en albardilladora, Pedrita en lavandera, e Isabel en guantera. Y Guillermita, la más dichosa, en salchichera, con su carita carmesí que relucía como si la hubiesen frotado con sangre fresca de cerdo. En cuanto a los que jugaban al Saint-Merry, ya habían dado comienzo a otras empresas: algunos estudiaban en la montaña Santa Genoveva, y otros barajaban naipes en el Trou-Perrette, y otros chocaban sus jarros de vino de Aunis en La Piña, y otros, aun, se insultaban en la fonda de La Urraca Preñada, y a la hora del mediodía veíaseles en la calle de Las Habas, a la entrada de la taberna y a la hora de Los Judíos. Catalina, por su parte, entrelazaba los hilos de sus encajes, y en las noches de estío salía a tomar sereno en el banco de la iglesia donde estaba permitido reír y charlar.
Llevaba Catalina una camiseta de tela cruda y una sobrevesta de color verde; los adornos la enloquecían, y nada odiaba tanto como el rodete que señalaba a las muchachas que no descienden de noble linaje. Del mismo modo amaba a las monedas de plata y los escudos de oro. Esto fue lo que la llevó a hacerse compinche de Casin Cholet, alguacil de castigo del Châtelet, quien so pretexto de su oficio, ganaba en forma indebida algún dinero. A menudo cenó en su compañía en la hosteria de la Mula, frente a la iglesia de los mercedarios; y después de cenar, Casin Cholet salía a robar gallinas al otro lado de los barrancos de París. Escondíalas bajo su gran tabardo y las vendía muy bien a la Macecroue, viuda de Arnoul, bella vendedora de volatería a las puertas del Petit-Châtelet.
Y al punto Catalina interrumpió su oficio de encajera, pues la vieja de la nariz roja se pudría en el osario de Los Inocentes. Casin Cholet halló un cuartito bajo para su amiga, cerca de las Tres Doncellas, y allá iba a verla al caer la noche. No le prohibía que se luciera en la ventana, con los ojos oscurecidos con carboncillo y bañadas las mejillas en albayalde, y todos los platos de frutas, las vasijas y las tazas en que Catalina ofrecía de beber y de comer a todos cuantos pagaran bien habían sido robados de las tabernas del Púlpito o de los Cisnes, o de la posada del Plato de Estaño. Casin Cholet desapareció un día en que había empeñado en las Tres Lavanderas la ropa y los pocos adornos de Catalina. Los amigos de la encajera dijiéronle que había sido azotado y atado a la parte posterior de una carreta y echado de París, por la puerta Baudoyer, por orden del preboste. Nunca volvió a verlo. Y sola, sin ánimo ya para ganarse la vida, se convirtió en ramera y vivió en cualquier parte.
Al principio aguardaba a las puertas de las hosterías, y los que la conocían se la llevaban detrás de los muros, al pie del Châtelet, o contra el colegio de Navarra; luego, cuando el frío arreció, una vieja alcahueta la hizo entrar en un prostíbulo, cuya patrona la protegió. Allí vivió en un cuarto de piedra alfombrado de paja verde. Le conservaron su nombre de Catalina la Encajera, aun cuando ya no hacía encajes. A veces la dejaban en libertad para que se paseara por las calles, con la condición de que regresara a la hora en que los machos acostumbran ir al prstíbulo. Y Catalina vagaba frente a las tiendas de la guantera y de la albardilladora, y muchas veces permaneció largo rato envidiando el rostro encarnado de la salchichera que reía entre sus presas de cerdo. Luego volvía al prostíbulo, alumbrado al crepúsculo por la patrona con unas bujías que enrojecían al arder y que se derretían pesadamente tras los negros vidrios.
Por último, Catalina se hartó de vivir enclaustrada en un cuarto cuadrado y huyó a los caminos. Y desde entonces dejó de ser parisiense y encajera, para parecerse a las que merodean por las inmediaciones de Francia o se sientan en las piedras de los cementerios a la espera de proporcionar placer a los que pasan. Muchachas que no tienen más nombre que el que se adecúa a su apariencia. Y Catalina recibió el nombre de Hocico. Iba por los prados, y por las noches espiaba a la vera del camino, y podía verse su pequeño morro pálido entre las moreras de los setos. Hocico aprendió a soportar el terror nocturno en medio de los muertos, cuando sus pies tiritaban al rozar las tumbas. No más monedas de plata, no más escudos de oro. Vivía pobremente, a pan y queso y una taza de agua. Se hizo amiga de unos delincuentes que le chillaban de lejos: "¡Hocico, Hocico!", pero los amó.
Su mayor tirsteza era oír las campanadas de las iglesias y de las capillas, porque Hocico recordaba las noches de junio en que se sentaba, vestida con su faldellín verde, en los bancos de los soportales santos. Era en el tiempo en que envidiaba a los atavíos de las señoritas; ahora ya no le quedaban ni el rodete ni la caperuza. A cabeza descubierta esperaba su pan, echada sobre una losa áspera. Y en la noche del cementerio añoraba las rojas bujías del prostíbulo y la paja verde del cuarto cuadrado, en lugar del barro pegajoso en que se hundían sus pies.
Una noche,un rufián que se hacía pasar por militar degolló a Hocico para robarle el cinturón.
Pero en éste no halló bolsa alguna.




de "Vidas Imaginarias"